Hoy quiero compartir contigo el secreto poco difundido de por qué nos cuesta tanto trabajo ser feliz.

Lo primero es que hay que entender que la felicidad implica trabajo. Un trabajo arduo. ¡Es levantarte en la mañana y decir, no se trata de ganas, se trata de propósito! Un propósito trascendente. Y es precisamente esa tenacidad y enfoque que nos hace personas que nos podemos amar y respetar.

Hay días en los cuales no nos amamos. Hay días en los cuales la canica se nos bota. Y esos días, son precisamente en los cuales más tenemos que tener y desarrollar esta disciplina que se llama “resiliencia emocional”. Porque gracias a ella adquirimos la fuerza para sobreponemos a esa inercia que nos quiere jalar para abajo y limitarnos.

¿Pero qué es exactamente la resiliencia emocional? Déjame darte una analogía, es como el proceso por el cual un bebé aprende a caminar. Primero, hace todo para poder ponerse de pie y cae. Después, de mucho ensayo logra dar un primer paso y cae. Pero persiste, experimenta y ajusta y persiste y persiste y persiste. Y poco a poco adquiere destreza y con ella libertad.

Y así es la vida. Dos pasitos para adelante y pasito para atrás. Por eso la resiliencia emocional es vital. Tiene que ver con el desarrollo de hábitos y virtudes fundamentales, como la persistencia, la compasión, la gratitud y el perdón. Elementos que nos hacen personas bellas, equilibradas y felices.

Sin embargo, a veces pasan los años y algunos de nosotros nos olvidamos de nuestra grandeza que forma parte de nuestra esencia fundamental. Nos olvidamos que somos criaturas fuertes, creativas y tenaces. Y ante los golpes de la vida, nos hacemos chiquitos. Miramos al cielo y lo maldecimos.

Pero no tiene ni debe ser así. Hay que darle gracias a la vida. Y nunca olvidar que dentro del dolor, está la lección de la grandeza. Hay que ser resilientes emocionalmente y a través de ello construir la felicidad.

¡Entonces, de una vez para siempre, dejemos de reclamarnos el pasado, y paralizarnos por la incertidumbre del futuro! Reconozcamos que el único momento que tenemos es este. Y propongámonos en serio  desarrollar la disciplina de la atención plena. Aprendamos a estar presentes hoy, aquí y ahora, disfrutando los cinco sentidos y sintiéndonos profundamente agradecidos del privilegio de vivir.

Sí, agradecidos. Porque la gratitud es eje central de la resiliencia emocional. Resulta que la gente agradecida es 25 % más feliz que la gente ensimismada y quejosa. Rechacemos con toda nuestra mente y con todo nuestro corazón la pequeñez y la ingratitud.

Al igual que los primeros pasos nos llevan a través de la tenacidad a caminar. Ahora, hay que lanzarnos a conquistar el siguiente nivel del camino de la vida y el sentido más profundo de la evolución, la compasión. Aquello que nos hace profundamente humanos.

Hay que empezar por reconocer que no todas las criaturas son compasivas. Observamos un reptil, que es una de las formas más primitivas de vida. Imagínate, cuando nace un bebé reptil, no viene a acurrucarse con mamita querida, porque mamita querida, al carecer de compasión, razona “que rico, un bocadillo” y se lo come. Y no es que sea malvada. Es que su naturaleza primitiva es ser gandalla.

Y entonces, si queremos conquistar el sentido más profundo de nuestra humanidad, hay que entender la naturaleza y la evolución. Tú y yo partimos de reptiles y en nuestra esencia más primitiva también somos profundamente gandallas. Por lo tanto, hay que luchar en contra de ello y entender que a veces nuestros instintos naturales pueden ser malos consejeros. Y que si no los controlamos, somos capaces de realizar los actos más gandallas de los cuales cualquier creatura es capaz de hacer. Y con nuestra inteligencia, podemos potenciarlos a un nivel horrible. Como lo podemos constatar a través de la guerra, el genocidio y la destrucción de la naturaleza.

Luego está el perdón. Otro reto monumental a superar para desarrollar nuestra humanidad. Resulta que como parte de las características de sobrevivencia que la naturaleza desarrolló en la etapa reptiliana, mete en el ADN de las criaturas una norma que estipula que si este te friega, pues tu lo friegas peor. Y hace que este acto de venganza estimule determinados neurotransmisores que generan placer. Y este chip no solo lo traen los reptiles, sino nosotros también. Pero el hecho que traemos esta programación, no significa que la tenemos que escuchar y obedecer.

El ser humano inconsciente, que no razona, se convierte en títere de la naturaleza y actúa impulsivamente. El ser humano consciente, que toma control de su vida, y razona sus actos, se convierte en maestro de su destino. Por lo tanto, hay que empoderarnos, y tomar control de nuestras vidas, y adquirir la capacidad para decir “sí, siento esto, pero no me voy a enganchar. No me voy a dejar arrastrar hacía abajo.”

Ser humano implica asumir nuestra grandeza. Desarrollar nuestra fuerza de carácter para poder decidir cómo vamos a reaccionar ante los estímulos de la vida. Hay que aprender a discernir y escoger bien nuestras acciones para construir en lugar de destruir.

Entonces, en conclusión. El secreto poco difundido de por qué nos cuesta tanto trabajo ser feliz, tiene que ver con que  la felicidad no es un hecho fortuito, sino que es el resultado de una ardua labor. Dentro de cada uno de nosotros hay una fuerza que nos arrastra para abajo. Un instinto reptiliano que nos susurra al oído, hay que ser gandalla, egoísta y vengativo. Pero esta vocecita es mal consejero. Por lo tanto, para alcanzar la felicidad hay que asumir nuestra grandeza y utilizar los embates de la vida como trampolín para crecer y cada día ser más agradecidos, compasivos y humanos.


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