Hoy quiero compartir contigo el ejercicio de auto compasión más poderoso que conozco: acercarse a nuestro niño interior y abrazarlo.

Te platico cómo me acerqué al mío, con la esperanza de que esta metodología te sirva a ti también para entrar en contacto con tu ser más intimo y convertirlo en tu amigo o amiga protegida.

Mi niño interior es a la vez mi mejor amigo y peor enemigo. Es por un lado el poseedor de mi luz más brillante y de mi más profunda oscuridad.

Es la puerta al cielo y el dueño de las llaves del calabozo de la más profunda oscuridad.

Mi niño soy yo cuando tengo seis años. Estoy vestido con pantalones cortos y camisa blanca.

Mi niño es a la vez alegre y audaz y retraído y asustado. Es el producto de un ambiente familiar en descomposición.

Años más tarde, cuando se da la ruptura familiar, el niño decide cerrar su corazón para ya no más sufrir. Mas el hilo, a la larga, no es la solución.

Entonces, llega un momento en mi vida en el cual es vital hacer la reconciliación. Me doy cuenta de que cada uno de nosotros somos responsables de nuestro destino y que nos toca, si queremos ser felices, volvemos dueños y maestros de nuestra vida emocional. Y para ello hay que permitirnos ser vulnerable y recuperan la libertad.

Mi ejercicio de reconciliación.

Visualizo a mi niño acurrucado en la esquina más lejana de mi ser, hecho bolita deseando desaparecer. Me acerco poco a poco, y le extiendo mi mano. No quiere saber nada. Ha encontrado refugio en la soledad.

Le digo que no está solo. Que yo estoy aquí para apoyarlo y protegerlo. Que lo amo incondicionalmente. Que él vale mucho y que el mundo requiere de su luz y felicidad.

Me mira con algo de desconfianza, pero con una pizca de curiosidad. Se ve en sus ojos un rayo de luz. Le sonrío. Y él, tímidamente me devuelve la sonrisa y surge del fondo de su ser una chispa de picardía. El deseo juguetón de descubrir; la implacable fuerza de vivir. Le guiño un ojo y le sonrío con mi sonrisa más inmensa, radiante y llena de amabilidad.

Sus ojos se llenan de lágrimas de felicidad. Nuevamente le extiendo la mano y viene a mí y se arroja en mis brazos. Lo abrazo y permanecemos ahí un largo rato, en el cual le susurro en el oído que todo está bien. Que nunca lo abandonaré. Que la vida es bella. Y que es libre para nuevamente jugar, descubrir y ser feliz.

Poco a poco se empieza a derretir el hilo en mi alma y poco a poco se empieza a disipar el dolor infinito de la soledad.

¿Por qué te cuento todo esto? Porque finalmente, nos toca a cada uno de nosotros convertimos en algún momento en nuestras vidas en nuestros propios padres protectores y mejores amigos. Y es precisamente el inicio de esta aventura de auto compasión que nos dará el fundamento de estabilidad emocional que nos impulsará a conquistar la felicidad.

Y te pregunto a ti ¿cómo está tu niño o niña interior? ¿Tiene miedo, rencor o inseguridad?

¡Abrázala! Dile lo mucho que la quieres y permanece ahí un largo rato sumida en la más profunda felicidad.

Ten un gran día.

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