¿Y si aquello que aprendiste para sobrevivir se ha convertido en la prisión que hoy limita tu vida?
Desde pequeños desarrollamos estrategias para enfrentar el mundo. Algunos descubrimos que siendo los mejores conseguíamos reconocimiento. Otros, que complaciendo a los demás recibíamos cariño. Algunos aprendimos a controlarlo todo para sentirse seguros, mientras otros encontraron refugio en la razón para protegerse de sus emociones.
¡Y funcionó! Aquellas estrategias nos ayudaron a sobrevivir, adaptarnos y salir adelante. Pero con el tiempo ocurrió algo peligroso: dejamos de utilizarlas como herramientas y comenzamos a depender de ellas para resolverlo todo.
Así nacen nuestros saboteadores. El triunfador que convierte cada relación en una competencia. El complaciente que sacrifica sus necesidades para evitar el rechazo. El controlador que intenta imponer orden incluso donde lo que hace falta es confianza. Seguimos utilizando la misma receta, aunque las circunstancias hayan cambiado por completo.
Es como intentar resolver todos los problemas de la vida con un martillo. ¡Hasta que todo comienza a parecernos un clavo!
Pero la vida adulta requiere algo mucho más sofisticado: un estuche de instrumentos de precisión. A veces necesitamos firmeza; otras, empatía. En ocasiones debemos tomar el control y en otras, aprender a soltarlo. La sabiduría consiste en reconocer qué necesita cada situación y elegir la herramienta adecuada.
Hoy te invito a descubrir cuál es esa vieja estrategia a la que recurres automáticamente cuando las cosas se complican. Pregúntate: ¿qué estoy intentando proteger? ¿Qué otra manera de responder podría abrirme nuevas posibilidades?
Madurar no es perfeccionar la estrategia que nos permitió sobrevivir. Es liberarnos de su dominio para aprender el arte de vivir con sabiduría.
Ten un gran día.