Nos enamoramos fácilmente de nuestras ideas.
La nueva empresa. El producto. El proyecto. Esa ocurrencia que estamos seguros de que al mundo le va a fascinar.
Pero al mundo no le importan demasiado nuestras ideas.
Le importan sus problemas.
La persona que tiene hambre no quiere conocer tu receta: quiere comer. El cliente frustrado no quiere escuchar lo maravilloso que es tu producto: quiere que le resuelvas. Tu hijo que necesita hablar contigo probablemente no quiere tu consejo: quiere que lo escuches.
Crear valor empieza ahí.
Sal de ti y entra por un momento en los zapatos del otro.
Observa. Pregunta. Escucha.
¿Qué le duele? ¿Qué le preocupa? ¿Qué le quita tiempo? ¿Qué desea y todavía no consigue?
Entonces sí, usa toda tu creatividad, experiencia y talento para ayudar.
Porque cuando dejamos de preguntarnos “¿cómo convenzo a los demás de que mi idea es maravillosa?” y empezamos a preguntar “¿cómo puedo hacerle la vida mejor a alguien?”, sucede algo extraordinario:
Dejamos de perseguir oportunidades.
Empezamos a crearlas.
Ten un gran día.