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Sin duda aprender a tomar mejores decisiones te ayudará a ser más exitoso, equilibrado y feliz. ¿Pero cómo lograrlo?

Empecemos analizado este tema a través de los ojos del Premio Nobel de economía, Daniel Kahneman, en su libro “piensa rápido, piensa despacio”.

Él nos explica que a lo largo de los siglos nuestra mente ha ido desarrollando dos mecanismos de evaluación. Uno que toma decisiones rápidas y otro que toma decisiones ponderadas. Uno que reacción y otro que cuenta historias. Y que el secreto del éxito y de la felicidad es llegar a entender como operan estos dos mecanismos y utilizarlos a nuestro favor.

El mecanismo rápido es el más primitivo. Este nos conduce a saltar rápidamente a conclusiones. Se desarrolló para enfrentar el peligro que asechaba a nuestros antepasados cavernícolas y mantenerlos vivos.

Por ejemplo, si se movía el pasto, esto ponía en marcha el mecanismo de alerta, indicándoles que posiblemente había escondido ahí un tigre al asecho. Al igual que si veían a una persona en la distancia, le hacía cuestionarse si esa persona era amigo o enemigo.

Es un mecanismo binario. Blanco y negro. Bueno o malo. Y para nuestros antepasados era buenísimo. Los mantuvo vivos, para llegar a la edad de poder procrear, y con ello cumplir la finalidad de la agenda de la naturaleza. Pero para nosotros, en un mundo mucho más complejo y multidimensional, esta forma rápida de pensar, es a veces un mal consejero.

Simplemente, piensa en todo el estrés que nos causa saltar constantemente a conclusiones de que el mundo a nuestro alrededor es una amenaza y que hay que cuidarnos de él. Algo que explotan con maestría los medios de comunicación.

Este mecanismo también está cargado de un poderoso sentido de aversión a la pérdida.

Pongámoslo a prueba. Si te propongo echar un volado por mil pesos, aunque tienes el 50 % de probabilidad de ganar, tu instinto te va a decir que NO. Después de múltiples estudios se ha calculado que valoramos dos a tres veces más lo que tenemos, que lo que podemos ganar. Esto es, para que aceptaras el volado, tendría que ofrecerte dos mil pesos si ganabas contra mil si perdieras.

Es la misma razón por la cual cuando vendes tu casa, consideras que vale más, mucho más que es el precio de mercado. Por lo tanto esta mente te resta objetividad y capacidad para tomar riesgos calculados.

Otro aspecto de esta mente, es como reacciona ante los costos hundido. Esto es, cómo se engancha ante una situación en la cual ya estás inmersa. Piensa en el jugador de póker en el casino. Ya perdió diez mil pesos. Lo racional sería que se pare de la mesa y se vaya. Pero el mecanismo de mente instintiva se impone a mente analítica. Ya se enganchó, y su mente se va al otro extremo. Pasa de conservadora a temeraria. Y al igual que en el ejemplo anterior, esta mente rápida se convierte en un mal consejero ante un mundo que ha creado todo tipo de mecanismo mercadológicos para lucrar de nuestra impulsividad.

Sin duda, como dice el refrán mexicano, la mente rápida está predispuesta a darle rienda suelta a nuestras emociones que se comportan como un chivo en cristalería. Jajajaja.

Probablemente uno de los seres humanos que mejor entendió el valor del mecanismo de la mente del pensamiento lento y profundo fue Viktor E. Frankl, el famoso psiquiatra austriaco que sobrevivió a los horrores de los campos de concentración nazi. Él explica en su libro “El hombre en busca de sentido”:

“Hay un espacio entre el estímulo y la respuesta. En ese espacio está nuestra capacidad para escoger cómo vamos a responder. Y en la respuesta que escojamos radica nuestro crecimiento y libertad.”

Entonces cómo tomar mejores decisiones. Decisiones que nos generen mayor crecimiento y libertad.

Para ello, quiero compartir contigo la sencilla, pero poderosa metodología que presenta Suzy Welch en su libro 10 -10 -10.

En él, nos explica que muchas veces la mente rápida, cargada de emoción, nos resta objetividad. Y nos propone que para tomar distancia y poner las cosas en perspectiva, nos hacernos tres preguntas. La primera es como nos sentiremos a lo 10 minutos de haber tomado la decisión. La segunda es cómo nos sentiremos a los 10 meses y el tercero es cómo nos sentiremos a los 10 años.

Esta metodología se puede aplicar a todos los aspectos de la vida, desde el trabajo y la carrera, las relaciones íntimas, y de amistad, hasta cuestiones financieras y de salud. Y la belleza de esta metodología es que con cada pregunta vas poniendo más a prueba tus valores y el sentido profundo de lo que tú quieres de tu vida.

Tomemos por ejemplo a un joven que se está debatiendo que carrera perseguir. Su padre, que es abogado, quiere que siga su ejemplo y eventualmente encabece el despacho de la familia. Sin embargo, a él le apasiona la tecnología y el desarrollo de ciudades inteligentes. Al hacerse las tres preguntas podría ir algo así:

  • A los 10 minutos, si opto por estudiar leyes, voy a sentir que todos van a estar felices conmigo y que voy a tener paz en la casa.
  • A los 10 meses, voy a sentir que estoy estudiando algo que no me gusta y que es un sacrificio que estoy haciendo para darle gusto a mi papá.
  • Y a los 10 años, al frente del despacho, me voy a sentir infeliz y amargado.

Veamos el otro lado de la moneda:

  • A los 10 minutos, voy a sentir mucha presión. Estaré en medio de una situación familiar muy desagradable, llena de chantaje emocional.
  • A los 10 meses, voy a sentir que estoy estudiando algo que me interesa. Incluso no lo veré como carga, sino como placer.
  • A los 10 años, me sentiré destacando, ejerciendo una profesión que me fascina. Estaré feliz y satisfecho, sintiendo que mi vida vale la pena.

Y esto mismo lo puedes aplicar a cuestiones más inmediatas. Por ejemplo, ver la serie o ir al gimnasio. Iría algo así:

  • Si veo la serie, a los 10 minutos voy a sentir lo rico de echar la hueva.
  • A los 10 meses, voy a sentir que estoy engordando.
  • A los 10 años, voy a sentir el peso de la obesidad y la diabetes.

Exagero, pero entiendes el poder del ejercicio. El otro lado de la moneda:

  • A los 10 minutos siento, que flojera ir al gym, pero me digo no se trata de ganas, sino de propósito y voy.
  • A los 10 meses, me siento bien. Mi cuerpo se está esculpiendo.
  • A los 10 años. Estoy fuerte y sano, lleno de energía y bienestar.

Ahora, te toca a ti. Define una situación que te cuesta trabajo. Por ejemplo, ¿eres impulsivo o explosivo? Pásalo por el tamiz. ¿Te da miedo enfrentar una realidad relacionada con tu vida profesional y lo que tienes que hacer para mantenerte vigente y feliz? ¿Hay en tu vida alguna relación que te desgasta? ¿O simplemente te falta claridad en como manejar los pequeños grandes aspectos de tu vida cotidiana, como la comida, el reposo o el ahorro y convertirlos en hábitos de grandeza?

Hazlo ya.

En conclusión. Está en nuestra naturaleza ser impulsivo e irracional. Pero el hecho de que sea natural no significa que está bien. Ha llegado el momento de asumir tu grandeza y afianzar tus decisiones a través del aplicar el ejercicio 10 – 10 – 10.

Hasta el próximo comentario.