REFLEXIÓN

Vamos tarde. Son las nueve de la mañana del sábado 16 de junio 2019.

Estamos a la entrada del parque nacional del Nevado de Toluca, mi amigo Urbano, nuestro anfitrión e intrépido guía, su hijo Arnold, Ale la novia de su otro hijo, Vita, el novio de mi hija Natasha, y un servidor.

Vamos a escalar el nevado de Toluca. Mi nueva locura para formarme y desarrollar mi grandeza humana. Nunca había escalado en mi vida. Pero parecía algo que valía la pena probar.

Ahora, mirando en retrospectiva, fue la exigencia física y mental más importante a la que me he sometido en los últimos años.

No tenía idea en lo a que me estaba metiendo. A la primera subidita ya estaba agotado. Apenas 20 minutos y mi corazón ya estaba latiendo a 170 pulsaciones por minuto.

Para entrenar, haciéndole caso que indicaba la máquina, estaba cuidando de que no sobrepasará los 140 ppm. Y ya de inmediato estaba en lo que en la escaladora, se consideraba en la zona de peligro para mi edad.

Estaba jadeando, con la boca abierta, Y los mocos saliendo de la nariz.

Más tarde, a media montaña nos reíamos todos que la cantidad de moco que sacábamos y nos denominaríamos los “mocosos”. Pero me estoy adelantando.

Ahora, el mantra era, “respira, lento, profundo y pausado”. Cierra la boca. Ponte pequeñas metas. Ves ese árbol… hasta ahí… llega. Descansa. Repone tu energía. Próxima meta. Adelante. Sigue el camino.

En una hora y media, habíamos cruzado el bosque, y estábamos al pie de la ladera del volcán.

Dios mío. Era inmenso. Ya no había camino. Solo grandes piedras que a lo largo de los años se habían quebrado al desprenderse.

Frente a mi estaba el Xinantécatl (el hombre desnudo en náhuatl), que se encuentra entre la lista de los volcanes activos de México. Esta inmensa pared de 3 km hacia arriba que nos cuestionaba. ¡Aquí estoy! ¿realmente me quieres conquistar? ¿crees que tienes lo que se requiere para subir? ¿para tomar el camino incierto de la vida para alcanzar una meta absurda, autoimpuesta que pone en riesgo tu vida?

A mi lado estaba el joven Arnold. Y yo le pregunté, ¿y tú qué quieres? y él me respondió, “¡quiero una vida larga!”

Su papá, que era el que estaba guiando nuestra expedición, escucho el comentario. Y le dice a su hijo, “puedes darte por vencido si quieres, pero si lo haces, te desheredaré”.

El joven le responde asentando con la cabeza, “estoy aquí, vine para escalar y voy a subir”.

Y yo le dije al joven, Ninguno de nosotros tenemos una larga vida asegurada. Solo tenemos control sobre dos cosas: lo que pensamos y lo que hacemos.

En este momento tenemos frente nosotros un volcán que nos desafía. Pero recuerda, no somos los primeros en escalo. Otros lo han hecho. Y si otros lo han hecho, si subimos con cuidado, lo podremos lograr.

Y empezamos a cuatro patas a escala. A ello Urbano nos dice, “erguidos”. Hace millones de años que el ser humano dejó de andar así. Además, a cuatro patas es mucho más cansado.

Y a ello me enderecé. Busqué mi centro de equilibrio y procedí a avanzar subiendo de una piedra grande a otra.

Nuevamente, las pequeñas metas. Hasta esa piedra. Esa hermosa piedra en la cual te vas a poder reclinar y descansar. Ahora, la próxima, la próxima, la próxima, la próxima.

Dos horas después, y ya estábamos a media montaña.

Abajo se veía el valle de Toluca, largo y extenso. A nuestra espalda a la cima a la vista. Solo que ahora ya no eran grandes piedras, Sino una mezcla de piedras de diferentes tamaños, arenas y musgo… y una inclinación de pared era casi vertical.

Y volteó al joven y le pregunto, ¿Cómo vas? Y me responde: “estas piedras son como las decisiones en la vida”.

Y tenía toda la razón. El volcán estaba vertiendo sobre nosotros toda su sabiduría de lo que significa asumir nuestra grandeza.

Ponernos retos difíciles, porque son difíciles, y al enfrentarlos, cultivar al nivel más profundo de lo que significa ser humano. Una especie intrépida y tenaz. Una criatura que al vencer sus miedos brilla y es bella. Una criatura que al pararse sobre los hombros de gigantes que la anteceden, puede ver un poco más lejos y ser feliz.

¿Feliz? Aquí estaba a 3/4 de la montaña. El último trecho estaba realmente cabrón. La arena estaba suelta. Había que buscar el camino de las piedras. Jajaja. El camino de las piedras. Ahora sí entendía el dicho.

Gracias vida por esta oportunidad de probarme, exigirme, y vivir.

¡Sí vivir! A estas alturas, la muerte no es opción.

Se veía en el horizonte de la lluvia. Había que darse prisa. El que nos lloviera encima presentaba otro reto que en este momento, no se me antojaba.

Ahora sí, a subir a cuatro patas. Buscar el camino de Las Piedras. Piedra suficientemente ancladas para poder soportar el peso del cuerpo y permitirnos impulsarlos hacia arriba.

Sí, sí, sí. 50 metros más y estábamos en la cima. Un conjunto de picos de grandes piedras, maravillosas estacas impulsadas hacia el cielo.

Un paso más hacia la meta. Alcanza una piedra más. Un aliado más en el camino.

Bendito sea Dios. Siempre nos pone lo que necesitamos en el camino de la vida, si simplemente asumimos nuestra grandeza y nos lanzamos a vivir.

Vita, un chico dinámico y con gran empuje, ya estaba arriba. Urbano lo sigue. Yo llevo la retaguardia vigilando y animando a Arnold. “Ahí vas muy bien, una piedra más… adelante. Ale, que ya había escalado antes El Nevado, va frente a él.

Finalmente, casi seis horas después, llegamos a la cima. Hay nieve. Pues sí, por algo se llama el Nevado de Toluca. Estamos a 4680 metros de altura, en la cima del Xinantécatl, el hombre desnudo.

Que buena analogía. Sin duda. esta subida nos ha desnudado. Nos ha llevado a enfrentar nuestros miedos. Y desnudos a media montaña, hacernos reflexionar sobre lo que significa estar vivo.

Si otros lo han logrado, tú y yo podemos lograrlo también. Parémonos sobre los hombros de gigantes y convirtámonos en dignos representantes de la raza humana.

Adelante.

Como siempre te recuerdo que eres grande, y que la vida exige tu grandeza.