Pregunta: ¿Compra el dinero felicidad?

Respuesta: Sí, cuando lo gastas en alguien más. Jajajaja.

Fuera de broma, hace poco vi un estudio donde le dieron 10 dólares por persona, a un grupo de estudiantes. A la mitad se les indicó que gastaran el dinero en ellos y a la otra mitad se les indicó que lo gastaran en alguien más. Y al darles el dinero, se les preguntó, qué pensaban que les daría mayor felicidad, gastarlo en sí mismos o en alguien más. Todos dijeron que gastarlo en sí mismos les daría mayor felicidad.

Pero o sorpresa, al indagar en la noche después de haber realizado el ejercicio, resultó que en todos los casos, las personas que había gastado en dinero en alguien más, reportaron un mayor nivel de felicidad y satisfacción, que los que habían gastado el dinero en sí mismas. ¿Qué está pasando?

Pues resulta, que cuando tienes tus necesidades básicas cubiertas, genera mayor felicidad, servir que servirse.

Entonces, ¿Cuántas cosas requieres para ser feliz? Otra pregunta importante en un mundo en el cual estamos constantemente bombardeados con anuncios para comprar y endeudarnos.

Hay un estudio sobre el materialismo que se me hace súper relevante.

Resulta que durante el último siglo hemos construido una economía basada en el consumo. Sin embargo, no siempre fue así. Hace 150 años, los chicos tenían dos pares de pantalones y las niñas no usaban maquillaje. Luego llega la revolución industria y con ella la necesidad de desplazar todos los bienes que se estaban fabricando. Y con ella, nace la industria publicitaria y la creación del concepto de estatus de acuerdo con los bienes que posees y consumes.

Esto hoy, ha llegado a un punto absurdo, en el cual el 80 % de los rellenos sanitarios están repletos de productos que fueron fabricados en los últimos cuatro meses. Escuchaste bien, apenas tienen cuatro meses de haberse producido y ya son basura.

Y la pregunta es, ¿por lo menos este consumo desaforado nos está haciendo más felices? Y la respuesta es, depende. Sí, si tenemos carencias. Los bienes son fundamentales para alcanzar un nivel de bienestar básico. Pero, después de cierto nivel, parece que ya tienen un efecto significativo.

Un estudio realizado a lo largo de 50 años, entre 1960 y el 2010, encontró que entre la población estudiada había duplicado su número de bienes. Esto es, si antes tenían un auto, ahora tienen dos. Si tenía tres pares de zapatos, ahora tienen seis. Si vivían en una casa de 100 metros cuadros, ahora tienen una de 200. Si tenían una televisión, ahora tienen dos o tres o cuatro… ves la foto. Y sin embargo, a pesar de tener el doble de bienes, su felicidad no duplicó. Más bien, bajó un poquito.

Decía Mahatma Gandhi que “El que toma más de lo que necesita, es ladrón”. Toda esta vorágine de poseer y acumular riqueza como marcador del éxito es absurda y llevado a su extremo, es criminal. De acuerdo con el “National Bureau of Economic Research”, más del 10 % de GDP mundial se encuentra escondido en paraísos fiscales. Es dinero que ya no está en circulación. Por lo tanto deja de producir y permitir generar riqueza para todos. Y lo que dice el estudio, que se me hizo realmente alarmante, es que la extracción de dinero circulante en regiones como latinoamérica llega a niveles de hasta el 60 %. Escuchaste bien, 60 %. Se me hace criminal, teniendo los medios para impulsar el desarrollo, que lo estemos minando por un sentido de vanidad absurda.

Y hay otros estudios que encuentran que los grupos de personas más infelices en el mundo son los que se encuentran en los dos extremos; los que no tiene lo suficiente y los que extraen valor en demasía.

Y entonces me pregunto si la pregunta ¿cuánto necesitas para ser feliz? es la pregunta correcta. O a la mejor tenemos que preguntar ¿qué requerimos para ser felices? Y seguramente esta pregunta nos llevará a un terreno totalmente nuevo y significativo.

Todo apunta a que lo que genera una felicidad real, profunda y duradera, no es la acumulación, sino el sentido de propósito. El sentir que nuestra vida vale la pena. Que estamos contribuyendo a algo más grande que nosotros.

Sin duda un escenario muy diferente. Un escenario que apunta a una estructura social mucho más humana, sustentable y feliz.

Entonces ¿qué hacer? Pues empieza por ti. Pregúntate sobre cuales son los valores que te mueven y si conducen a una felicidad real, profunda y duradera.

Hazte las siguientes tres preguntas y ve cuál se parece más a tu estado actual:

  1. ¿Eres víctima de la sociedad de consumo, pensando que gastar más y más te hará más feliz?
  2. ¿Eres víctima del juego de acumular más y más dinero y sacarlo de circulación, pensando que eso te hará más importante?
  3. ¿O eres una persona enfocada a generar valor real, profundo y duradero para tus clientes, tus colaboradores y la sociedad, mientras respetas y cuidas la tierra?

Si te identificas más con el punto uno o dos, detente a pensar en ¿cómo puedo servir? Cómo puedo poner mis recursos a trabajar a favor de los demás. Y no estoy hablando simplemente de recursos materiales, sino de tu recuso más escaso y valioso, tu tiempo.

Busca cómo empatar tu pasión y negocio. Como generar riqueza y bienestar a través de aquello que te hace único, bello y especial. A fin de cuentas la auténtica felicidad y sentido profundo de la vida está en servir, no en servirse. Está en trascender y dejar un mundo un poco mejor que el que recibimos.

Ha llegado el momento de la reinvención. De repensar el sentido de la vida desde sus fundamentos. De lo que significa ser humano y aceptar nuestra responsabilidad planetaria. Entender que ha llegado el momento de dejar de ser los verdugos del planeta, para convertirnos en su albacea.

Entonces, en conclusión.

¿Cuánto necesitas para ser feliz? Necesitas lo suficiente para ver por ti y los tuyos. A partir de ahí todo lo que generas deberá ser para reinvertir en la creación de riqueza para los demás, y en la conservación y viabilidad de nuestro hogar, el plantea tierra.

Cómo siempre te recuerdo que tú eres grande y que la vida exige tu grandeza.