Esta mañana tuve el privilegio de lanzar una iniciativa en una casa hogar para adultos mayores. La denominé “El consejo de sabios”.

Surge la idea al hablar con la directora que me confiesa que se siente un poco sola. Dedica su vida para cuidar a los demás. Es la roca sobre la cual los otros se apoyan. Pero nadie, nadie realmente se está preocupando por ella y su bienestar emocional.

Y se me ocurre, ¿Porqué no lanzar un consejo de apoyo para ella, compuesto de integrantes de la casa? La idea es que no simplemente que sirva para ayudarle a ella a sentirse apoyada, sino que permita crear un mecanismo que vuelva a inyectar propósito en la vida a los inquilinos de casa hogar a través de fomentar una dinámica basada en servir a los demás.

Entonces, ella junta a 10 inquilinos y lanzamos la propuesta. Pregunto: ¿Cuántos estarían dispuestos a asumir su grandeza y transformarse en la mejor versión de sí mismos? ¿Y cuántos estarían dispuestos a apoyar a la directora, convirtiéndose, juntos con ella en luz y guía para ustedes y sus compañeros? ¡Todos, gustosamente accedieron!

¿Qué está pasando? Creo que vivimos en una sociedad desorientada. Unos ven su función de servir cargado de una silenciosa abnegación. Donde mostrarse vulnerable y pedir ayuda es una muestra de debilidad. Y otros ven su función como aguantar en silenciosa desesperación la muerte. Donde matar el tiempo, es todo lo que hay que hacer.

No. No. No. No. No se acaba hasta que se acaba. Hay que vivir, amar y procurar ser feliz hasta el último suspiro. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, “Hay que dar hasta que duela”. Porque en el dar está el sentido profundo de la vida y la salud mental. El que sirve, sirve.

En el servir, se encuentra la más poderosa herramienta para combatir el estrés. Somos criaturas sociales, cargados de poderosos neurotransmisores que se disparan y generan felicidad y bienestar al ayudar a alguien más.

Entonces, el primer paso para conformar nuestro consejo de sabios es empezar a entrenarlos en el arte la ciencia de la gratitud.

Realizamos una meditación guiada, en la cual les enseñé los principios básicos de la respiración controlada y cómo usarla para acallar la mente, bajar el estrés y engendrar la gratitud.

Seguimos con un ejercicio que les ayudó a recordar y a reconocer su valía como seres humanos. Revivir los grandes momentos en su vida. Aquellos momentos cuando exclamaron no más y asumieron su grandeza.

Después, se les dejó la tarea hacer un ejercicio para poner de cabeza cosas que en su vida actual les están costando trabajo.

Tomamos el ejemplo de uno de los compañeros que tiene glaucoma y se siente disminuido porque está perdiendo la vista.

Para él, y para cada uno de nosotros, el punto de partida es entender que en la vida hay cosas que podemos cambiar y que hay cosas que hay que aceptar. En su caso, hay dos cosas que hacer. Primero, es aceptar que la pérdida de su vista es inevitable y dejar de sufrir inútilmente por lo que no está en sus manos cambiar. Lo segundo es trabajar sobre lo que sí está en sus manos. Por ejemplo, entender cómo desarrollar sus otros sentidos para revitalizar la alegría de vivir. Por ejemplo, afinar su oído, su tacto y su paladar. Centrarse en lo que tiene que sí está funcionando y ver cómo desarrollarlo para generar nuevos intereses y alegría de vivir.

Estudiar a otros que han enfrentado situaciones similares y cómo asumieron su grandeza. Por ejemplo Henri Matisse que crea sus obras magistrales de recortes de papel cuando está perdiendo su vista. O Ludwig van Beethoven, que escribe su novena sinfonía estando sordo.

Como dijo una de las compañeras presentes, una hermosa anciana que le cuesta mucho trabajo caminar, “sin duda es difíciles reenfocar, pero se pueden lograr”. A lo cual respondí: “Tienes toda la razón. El cambio es costoso. Pero lo verdaderamente costoso es vivir en silenciosa desesperación. Asumamos nuestra grandeza. Aprendamos nuevamente a ver el vaso medio lleno, a lugar de medio vacío”.

Finalmente, les dejé la encomienda de iniciar un diario de gratitud. Este consiste en que todas las noches antes de dormir, hay que apuntar en él tres cosas que vivieron el día de hoy, por las cuales están agradecidos.

Una dijo, “simplemente el haber despertado hoy es una bendición”. Sí. Sí. Sí. Al igual que es una bendición comer con atención y aprender a usar la respiración para acallar la mente. También dentro de nuestro arsenal de gratitud debe estar el haber ayudado a un compañero o compañera a reenfocar y descubrir la bendición de estar presente, lleno de curiosidad, asombro y gratitud, aquí y ahora. Al igual que es una bendición ser parte de este consejo de sabios, que ayuda a la directora hacer de este hogar un lugar luminoso, humano y feliz.

Después, de haber reflexionado sobre los regalos del día y haberlos apuntado en el diario de gratitud, hay que leerlos una y otra vez, y al dormir repasarlos en la mente a todo color y con gran emoción, sintiendo profunda gratitud y alegría.

Bueno, ellos ya tienen su tarea y yo estaré aprendiendo, instruyendo, inspirando y guiando mes con mes a nuestro consejo de sabios. Confío en que esta iniciativa arrojará luz sobre cómo transformar a las instituciones y hacer un mundo más apto para los seres humanos.

En cerrar esta reflexión, doy gracias a Dios por el privilegio que me da de poder servir. Como dije al principio, creo que estamos desorientados y tenemos que reenmarcar lo que significa ser humano. Y te invito a ti también a reflexionar sobre el sentido profundo de vivir, el servir y cómo puedes ayudar a lanzar tu propio consejo de sabios, en tu círculo cercano, que ayude a fomentar lo coherencia, la unidad y la felicidad humana.

Me despido como siempre recordándote que tú eres grande, y que la vida exige tu grandeza.

Ten un gran día.