Dios mío, hoy cumplo 65 años. ¡65 años! Qué privilegio estar aquí.

En este momento son las 9 am y estoy volando entre Cuidad Obregón y la Ciudad de México. Durante los últimos dos día he tenido el privilegio de dictar un taller a una empresa visionaria, sobre grandeza humana y empresarial.

Y me pongo a reflexionar sobre los 65 años. La edad de la jubilación. ¡JUBILACIÓN! Qué concepto tan caduco.

¿De dónde proviene el concepto del retiro?

Es un concepto perverso que fue promulgado por la era industrial, donde imperaba el trabajo físico en las fábricas y donde el ser humano era registrado en el estado de resultados como un costo y la maquinaria como un activo. Un insumo que debía ser desechado cuando su fortaleza física disminuía, para ser remplazado por otro más joven y fuerte, que a lo largo de los años sufriría el mismo desenlace. Perverso.

Y me pongo a pensar, y si hoy me tocaba el retiro… y me da escalofrío.

Hoy, estoy en el mejor momento de mi vida. Nunca he sido más productivo. Nunca he tenido mayor oportunidad de servir y generar valor real, profundo y duradero. Estoy en el lugar correcto, en el momento correcto para hacer una verdadera diferencia en el mundo. ¡Y me quieren sacar de circulación! Absurdo.

Hoy, una persona de 65 años que se ha cuidado, esta plena de salud, fuerza y visión, aunada a conocimiento, contactos y libertad. Está en su momento de plenitud.

¿Por qué tanta vehemencia? Porque hay que resistir con todo nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra alma el caer víctimas de la idea de que el retiro es el momento de júbilo, cuando finalmente empezamos a disfrutar de la vida, después de 40 años de sufrimiento laboral.

No, no, no. El trabajo es nuestra forma de contribuir, de dejar huella y de devolver más de lo que hemos recibido. Y los 65 años es y debe ser un momento de júbilo, no porque vamos a poder dejar de trabajar, sino porque es el mejor momento de nuestra vida para entregarnos en cuerpo y alma a contribuir. 

A los 65 años tenemos una cantidad impresionante de contactos. Una vida plena de amigos y amigas que se pueden convocar, a que juntos construyamos un mundo mejor que el que recibimos y en el cual nos dará gusto  vivir y heredar.

A los 65 años uno tiene una sabiduría, que aunque no es perfecta, es el producto de una vida bien vivida. Años de estudio y aprendizaje que permiten tener una visión muy rica de una extraordinaria variedad de temas que uno puede relacionar con conocimiento de causa para encontrar soluciones creativas a todo tipo de oportunidades, que los ignorantes califican de problemas.

A los 65 años hemos adquirido una destreza sobre nuestra mente, cuerpo y espíritu, que nos permite integrar las filas del consejo de sabios. Un grupo de seres humanos que inspiran a las siguientes generaciones a asumir su grandeza y construir, al igual que ellos, una vida plena de amor, salud y dinero.

A los 65 años, somos nuestros propios doctores. Hemos aprendido, a través de la observación y experimentación la fórmula de la eterna juventud. Entendemos que el cuerpo es nuestro gran maestro de la vida y que a través de amarlo mediante ejercicio diario, alimentación sana y meditación recia, desarrollamos la fortaleza física y resiliencia emocional, que rejuvenecen las células e impulsan la longevidad.

A los 65 sabemos reír. Mirarnos en el espejo y encontrar ahí nuestro gran amigo, nuestro cómplice, y promotor. Aquel ser incondicional, que siempre está y estará ahí, lleno de picardía y buen humor, recordarnos que somos sensacionales por haber llegado hasta aquí.

Y sin embargo, también está ahí la pinche vocecita que no deja de joder. El miedo del “qué dirán”. El dedo acusador. ¡Tiene 65 años! ¡Ya es obsoleto! ¡No hay que darle trabajo! ¡Viejo de mierda! Wow. Qué contraste. Entre el ser en la plenitud de su vida y el condicionamiento al rechazo social.

¿Qué hacer? Hay que asumir nuestra grandeza. Hay que entender que cada etapa de la vida tiene su virtud, su fuerza y su dignidad y abogar por ella.

Hay que ser la luz que queremos ver en el mundo y guiar el camino para los demás. Porque cuando uno asume su grandeza, le da permiso a los demás a hacer lo mismo. Hay que afrontar nuestro miedo con valentía y darnos cuenta de que cuando lo hacemos, aquello que nos daba miedo desaparece como un fantasma.

La vida brinda lugar para todos. Y conforme aumenta la longevidad, más vale que encontremos el lugar correcto para la gente de 50, 60, 70 y 80 años.

Yo estoy aquí para ayudar a guiar el camino. A dignificar la edad y ayudar a aquellos que han perdido el camino del propósito y la dignidad, a volver a encontrarlo.

En conclusión:

Hoy que cumplo 65 años, celebro mi edad y la declamo a los cuatro vientos. Doy gracias a Dios por el privilegio de haberme permitido llegar hasta aquí. Estoy en el mejor momento de mi vida y no se acaba aquí, sino todo lo contrario, lo mejor está por venir.

Y 65 veces gracias a ti y todas mis amigas y amigos que me siguen e impulsan con su amistad y confianza. ¡Son el mejor regalo de cumpleaños que cualquiera pudiese recibir! Un fuerte abrazo de siete segundos.

Como siempre me despido de ti recordándole que tú eres grande y que la vida exige tu grandeza. Hasta el próximo ensayo.